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viernes, 24 de marzo de 2017

«Ultimátum», de Rafael Guerrero. Reseña.

Rafael Guerrero no se anda con tonterías: escribe una novela de detectives y se pone de protagonista. Con un par. Porque, vamos a ver, si uno es investigador y se pone a escribir una novela de detectives que debe parecer real por los cuatro costados, pues se coloca él mismo al frente de un encargo que también suene a verdadero y ya está.
La mayor parte de la trama se desarrolla en la Siria actual. Como es natural, por aquellos pagos puede pasar de todo: desde que un ataque con misiles te pille de lleno durante un seguimiento, hasta que tengas que mezclarte o desayunar con putas, espías triples, corresponsales de guerra, funcionarios corruptos, agentes de agencias que no existen y otros personajes difíciles  de clasificar. Y en medio de este inquietante ajetreo, hay que joderse, se manifiestan las sempiternas burbujas de la chispa de la vida, esas burbujas, enlatadas en un bote rojiblanco, que son capaces de aparecer hasta en el último rincón del planeta.
Rafael Guerrero, y esto es sólo un pálpito personal, esconde más de lo que muestra en cuanto al comportamiento de su personaje. No digo yo que vaya por ahí con cachivaches mágicos que detectan el color de unas bragas a diez kilómetros, o que se entretenga repartiendo hostias como panes a los que intentan interferir sus investigaciones, no es eso. Ya sé que los investigadores privados españoles no tienen nada que ver con sus colegas protagonistas de los clásicos americanos. Pero me da la impresión de que el personaje Rafael Guerrero está algo contenido, aunque, por otro lado, es lo suficientemente cínico como para seguir soltando ironías y gracietas mientras le machacan el costado.
Además de todo lo anterior, la novela viene con un regalo añadido: se genera una tensión sexual no resuelta entre el detective y su bella guardaespaldas que te tiene en un sin vivir. A mi, esta tensión, me produjo mucha zozobra. Tanto es así, que en un momento de la lectura, la mujer que me lleva aguantando durante muchos años, me arreó un pescozón y me dijo:
—¡Deja de comerte las uñas, que se te va a quitar el hambre y luego te dejas la cena!
¿Cómo? ¿Que si se resuelve la tensión sexual? Pues no os lo pienso contar porque si os lo cuento, no leéis la novela, cabroncetes.
Si queréis pasar un buen rato leyendo cómo se desenvuelve un detective de verdad, bastante cínico, por cierto,  en un conflicto internacional, no lo dudéis: esta es vuestra novela.

Un placer, Rafael.


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