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martes, 14 de junio de 2016

«Pájaros quemados», de Juan Bas. Reseña.

Imaginaos el escenario: agosto, un sol del carajo cae sobre la estepa burgalesa y en ella, en medio de la nada, un tabernucho cutre, con habitaciones y gasolinera. El antro lo regenta un borrachín que tiene a gala hacer un suculento pollo frito con un aceite tan recalentado que serviría para parchear la carretera que lleva al establecimiento. Preside la estancia un loro que padece de mutismo selectivo, es decir, habla cuando y con quien le sale de los espolones y la gasolinera la atiende un chaval con menos luces que el candil apagado de un aldeano roñoso.
Y ahora imaginad que hacia este exquisito templo hostelero se dirigen, cada uno por su lado, dos delincuentes de Bilbao, un cura asturiano pederasta, una puta con deudas de juego, una expresidenta corrupta de Castilla-La Mancha, una familia que vuelve de un accidentado fin de semana en Benidorm, un patriarca gitano que quiere vengar la muerte de su hijo, un moro con familia numerosa que va de viaje hacia Marruecos y una directora de una sucursal bancaria de Albacete.
Y si además tenemos en cuenta que a buena parte de estos sujetos les falta el último martillazo en el proceso de montaje de su fabricación, pues ya podéis imaginar la juerga que se lía en el garito y aledaños. Menudo pifostio, tú.
«Pájaros quemados» está hilvanada en capítulos muy cortos, tiene el ritmo de una buena película de carretera y es, a mi entender, la más negra de todas las de Juan Bas. El relato desprende grandes raciones de realismo esperpéntico con toques tarantinianos de humor negro y gamberro. Una delicia.
No sé por qué no estáis leyéndola ya. Os aseguro que pasaréis un buen rato…, o varios.
Gracias, Juan, por estos momentos.