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Ahora me ha dado por escribir.
Perdón por mi atrevimiento
y disculpen las molestias.

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jueves, 27 de octubre de 2016

«Sarna con gusto», de César Pérez Gellida. Reseña.

Eso no se hace, César, no me jodas, vaya forma de putear al inspector Ramiro Sancho. O sea que el tío vuelve al tajo después de una suspensión de seis meses por insubordinación y, en plenas fiestas patronales de la ciudad, en vez de dejarle descansar y hacer que se vaya de vinos y tapas, le pones al frente de la investigación del secuestro de una menor. Hay que tener mala leche, van y secuestran a una pija, hija de un concejal y nieta de un superempresario y no hay otro más apropiado que Ramiro Sancho para solucionar el marrón.
Eres un borde, César, porque tú ya sabes que el secuestro pinta muy mal y los secuestradores son muy chungos, más chungos que una raya de chinchetas y al pobre Ramiro le puede volver a caer la del pulpo.
Además, para acabar de joder al poli vas y le montas una trama paralela con unos sicarios esotéricos que se lo quieren cargar y a todo esto le añades un viejo amigo alcohólico que se refugia en su casa para pasar el mono, que Sancho ya no sabe adonde acudir, Cesar, joder.
Y luego estamos nosotros, César, los lectores, que también nos puteas a conciencia porque las escenas que montas son tan creíbles que o nos acongojan o nos acojonan, que acabo de empezar «Cuchillo de palo» y estoy en las mismas, en un continuo sinvivir, aunque no me queda otra que seguir leyéndote, coño.
Eso no se hace, Cesar, no me jodas.


lunes, 24 de octubre de 2016

El concepto.

Exterior día. Atardecer en la playa. Chiringuitodiscopus de diseño.
(Sí, aún queda alguno abierto en estas fechas)

Me siento en la terraza y hago una seña a la moza de la barra. Al momento viene una especie de querubín asexuado de ojos azules con ricitos de oro. Tardo en darme cuenta que es varón y en comprender lo que me pregunta en un acento ignoto.
—¿Qué quioerrrres tumarrrr?
—Una cocacola, por favor.
—Okey.
Se larga hacia la barra y al momento vuelve con una pepsicola. No me gusta la pepsicola, los abstemios también tenemos nuestras manías.
—Esto no es una cocacola.
—Nou cé. Sooy nuoevo. Tú habliarrr con chica barra.
Me levanto con el refresco en la mano y me dirijo hacia la camarera. Ojazos imposibles, escote imposible, minifalda y maquillaje de combate.
—Hola. He pedido una coca y me habéis servido esto —pongo la pepsi encima de la barra.
—Es que aquí sólo trabajamos con el concepto pepsicola —recalca las dos últimas palabras sin mover una ceja y mirándose las uñas.
En momentos así, mis amigos y conocidos dicen que soy lento de reflejos y que se me pone cara de gilipollas. En lo segundo estoy de acuerdo, en lo primero no. No soy lento. Lo que ocurre es que, en esas situaciones, analizo varias respuestas y ninguna me gusta porque no son civilizadas. Son respuestas del tipo: «¿Qué tal si coges la pepsi y el concepto pepsicola y os vais los tres a la mierda?». Os aseguro que esta es la más suave de todas las que se me han ocurrido.
Por eso, después de tres larguísimos segundos de análisis, cojo mi pepsi y le digo a la muchacha:
—Ah…, si es así como están las cosas, perdona, cielo, me adhiero a vuestro proyecto conceptual.
Me siento de nuevo y, mientras bebo con dificultad el brebaje, me dedico a pensar en qué parte del chiringuito podría colocar la bomba para que no quedara ni rastro del concepto.


viernes, 7 de octubre de 2016

El detective Carmelo (10). El caso del feo.

Tenía la tarjeta de crédito más caducada que el certificado de buena conducta de un asesino en serie convicto y confeso. Mi banco no se había molestado en enviarme una nueva, para qué. Creo que no tenía mucha confianza en que mis finanzas remontaran a corto plazo. Estaba a punto de echarme a la calle reclamando pan y justicia, porque circo ya teníamos bastante, cuando la salvación llegó en forma de cliente.
Al principio, cuando el sujeto, por llamarle algo, entró en mi despacho, creí que iba disfrazado. Era una especie de gnomo deforme, rechoncho, paticorto y cabezón. Pelo ralo, nariz patatera y roja, a lo payaso, y unos ojos que miraban a Cádiz y a Barcelona respectivamente. Su mirada me inquietaba, porque no sabía si me miraba a mí o a mi consuelo (mi consuelo es el calendario de pared, obsequio de «Muebles Lorenzana», con una prójima en tanga, marcando camello, con las guías del bigote inferior sin recortar asomando por el bikini, y con más curvas que un puerto de montaña.
—Quiero que me busque novia —me espetó el fulano a modo de buenos días.
—Me pide usted un imposible —la respuesta me salió del alma.
—¿Cómo dice? —Su tono se tornó amenazante.
—Quiero decir que esto no es una agencia matrimonial.
—Lo sé, pero usted se dedica a buscar personas, ¿no?
—Ya, pero yo busco personas concretas, con nombre, apellidos y foto.
—La foto la tiene usted colgada en la pared. —Señaló el calendario mirando las patas de mi sillón—. El nombre y los apellidos me la sudan.
—¿Ha probado en las agencias matrimoniales, en internet…?
—Lo he probado todo y ni hostias. Por eso estoy aquí.
Miré por enésima vez a mi consuelo y después a mi posible cliente. El miró con un ojo al calendario y con el otro a la papelera. Me preparé para salir corriendo en cuanto cambiase de color.
—Me lo está poniendo usted muy dificil, caballero. ¿No se adaptaría usted a algo más sencillito…, alguna moza con menos aerodinámica? —Me estaba imaginado al engendro con semejante pibón y me entraban escalofríos.
—Quiero una novia de bandera, y no me conformo con menos.
—Está bien —contesté—, pero ese capricho le puede salir muy caro.
Se me estaba ocurriendo una idea y había que aprovechar tal coyuntura. Últimamente se me ocurren pocas, ando falto de creatividad.
—No importa, el dinero no es problema —contestó el aborto.
Esta frase me hizo dudar unos segundos, los suficientes para que el engendro esbozara lo que parecía una sonrisa y me espetara:
—Tampoco se pase…
—La mitad ahora y el resto a la entrega del paquete —le dije para no mojarme.
—¿La mitad de cuanto?
—¿Diez mil euros? —Me tiré a la piscina sin saber si tenía agua. Estaba sudando.
—Hecho —contestó sin dejar de sonreír.
Acto seguido, sacó un fajo de billetes y me apoquinó los cinco mil machacantes sin un mal gesto. Bueno, sin un mal gesto es un decir, porque mientras contaba los billetes me comentó:
—Esto me va a salir más barato de lo que me esperaba.
—Bueno, más los gastos, como es habitual —reaccioné rápido.
—No me sea gilipollas. Diez mil en total y a callar. Haberlo pensado antes. Además, usted no ha visto diez mil pelotes juntos en su puta vida. Coja los cinco mil y póngase a la faena, pero a la voz de ya, que se me pasa el arroz.
En aquel momento pensé dos cosas: la primera es que a semejante engendro se le había pasado el arroz justo en el momento de nacer, y la segunda es que el tipo tenía razón. Yo acababa de hacer el primo a conciencia.
Para terminar de arreglar el cuadro, ya en la puerta y antes de despedirse, el fulano, desplegando una navaja de veinte centímetros, me regaló una perla que me hizo volver a sudar:
—Una cosa, huelebraguetas, si no me gusta el paquete, como tú dices, me vas a devolver los cinco mil, uno por uno. No te los gastes, porque si lo haces me los cobraré en carne.
No me gustó que aquel tipo pasara, así, sin más, a tutearme. Tampoco me gustó la navaja, más que nada porque tenía más roña que el palo de un gallinero, pero cinco mil boniatos son muchos boniatos y tenía que poner en marcha la imaginación para contentar al que ya era mi cliente.
Lo que quería el ser deforme que acaba de salir por la puerta era a todas luces imposible. Emparejar a una tía buena con semejante troll era tan improbable como que, a la mañana siguiente, el sol saliera por el poniente. Pero tenía una idea y las ideas mueven el mundo, dicen. ¿Se acuerdan ustedes de la joven de la esquina? Sí, hombre, sí, aquella que tenía la conversación tan corta como la falda. ¿Ya? Vale, pues, sin más dilación, me encaminé hacia su esquina habitual de trabajo.
La joven de la esquina no estaba.
—Se ha ido con un cliente.
La que me respondió era una morena en uniforme de trabajo: pañuelo anudado al pecho dejando descuidadamente medias domingas al aire y los reglamentarios putishorts de combate.
—¿Sabes si tardará mucho?
—No sé. Creo que el cliente le ha pedido un prusiano.
—¿Un prusiano? ¿Y eso qué es?
—Ni idea. La Berta siempre ha sido muy moderna y avanzada, pero no creo que sea algo que dure mucho porque me ha dicho que volvía en diez minutos.
—Diez minutos dan para poco en estos asuntos…
—¡Ja! Créeme, corazón, a algunos les sobran siete.
En estas apareció la Berta y le expliqué mi proyecto y lo que quería de ella. Al enseñarle una foto de mi cliente, me pidió mil pelotes por aguantarlo una semana. Regateamos y al final acordamos quince días por mil quinientos.
Nos encaminamos hacia el encuentro con el fulano, los presenté y se gustaron de inmediato, bueno, Berta hizo el paripé bastante bien. Mientras se besaban delante de mi sin ningún recato, con la mano libre, por detrás, Berta me hizo señas de que le apoquinara mil euros más. Comprendí su demanda, no es lo mismo una fotografía que el directo con intercambio de salivas. Le deposité en la mano disimuladamente los billetes porque no me quedaba otra. Eso o vérmelas con el energúmeno.
Cuando terminó el morreo, el fulano se acercó a mí y, mientras me daba los otros cinco mil acordados, me preguntó:
—¿Tiene garantía?
—Eh…, ¡por supuesto!
—Más te vale, porque como dentro de un mes me diga que no me quiere y me deje, voy a por ti, huelebraguetas.
Cuando los vi alejarse empezó a entrarme el pánico. No lo pensé más, le pagué al casero los meses de alquiler atrasado, le dije que me iba a Argentina a probar fortuna, hice la maleta y enfilé mi viejo Honda Civic hacia Madrid. En esa ciudad es fácil esconderse y todos los gatos son pardos. Alquilé un cubil en una entreplanta del barrio de Lavapiés y me hice grabar en la puerta un rótulo que dice: «Smith & Asociados. Investigadores». Siempre quise llamarme Smith, como la mayoría de los agentes del FBI americano.
Y aquí sigo, comenzando una nueva vida, casi como un testigo protegido, esperando que no me encuentre el mostrenco.
¿Quince días? Ni dos aguanta la Berta a semejante engendro.