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martes, 16 de febrero de 2016

«Serenata de plomo», de Martín Holmes. Reseña.

Chicago, años veinte, el güisqui escasea y el doctor Clarence Hemingway encarga al detective Ace Bullet que busque y traiga de vuelta a casa a su hijo Ernest Hemingway. Así comienza este divertido disparate en el que se suceden peleas, tiroteos, aventuras delirantes y en el que se entremezclan Johnny Torrio, Al Capone, Dion O'Banion, unos chinos, un puñado de furcias, un cura, la policía y hasta una familia de palurdos de Nitroglycerine Creek.
Por escenarios como el de la Taberna de los Doce Picheles, «un lugar en el que te podías ahorcar sin que echases a perder la tarde a la concurrencia», transitan personajes reales, como Al Capone o Dion O'Banion, junto a un puñado de secundarios de ficción con nombres tan peculiares como Johnny Buenos Días o Kathy la Desdentada, entre otros sujetos de dudoso origen.
Con estos mimbres ya os podéis imaginar cómo se teje el cesto de esta descacharrante novela protagonizada por Ace, el detective buscabullas, borrachín y provocón, que cuenta chistes mientras recibe paliza tras paliza por parte de casi todo el mundo: Johnny Buenos Días, los chinos de la señora Wong o hasta de la mismísima policía, al frente de la cual esta el jefe Nimbus que «se las da de importante, pero es incapaz de encontrar una botella en un mueble bar».
Tiene Martín Olmos una prosa directa, fluida, y diríase, si no fuera porque uno sabe lo difícil que es este arte, que escribe con la punta de la chorra y que las palabras surgen de su pluma con la facilidad del que mea. Quién sabe, a lo mejor tiene el don de juntar las letras de forma natural y espontánea mientras canta boleros y se zurce un calcetín. Yo no lo voy a investigar, es su secreto y a él le pertenece el revelarlo si le apetece, pero sólo sé que me encanta esta novela y que me gusta como escribe este hombre, Premio Euskadi de Literatura en castellano 2015 para más señas.
Si queréis disfrutar «como un lechón en una charca», leed Serenata de plomo, de Martín Olmos. Es gratis, está publicada en su perfil de Facebook y en la revista ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS
Gracias por estos raticos, Martín.


lunes, 8 de febrero de 2016

El detective Carmelo (5). El caso de la rubia de bote.

La rubia entró en mi despacho alborotando el ambiente con su perfume de saldo mientras ametrallaba el suelo con sus tacones baratos de aguja desgastada. Tenía más curvas que una casa de Gaudí y se movía como una culebra atravesando un rastrojo a contrasurco. Adiviné la intención en el contoneo: buscaba la protección de un hombre con carácter. Habrán adivinado ustedes que no soy adivino, jugaba con ventaja: unas horas antes me habían apoquinado cinco de los grandes para borrarla del mapa. Le había caído mal al pez gordo de turno, un hampón malcarado y taciturno de origen gallego apodado «Morriña». He de aclarar que no soy un desalmado, yo no liquido mujeres, va contra mis principios, pero acepté el encargo y el dinero del fulano porque andaba flojo de efectivo. Ya improvisaría una salida airosa más adelante, y el diablo, que siempre me ayuda en estos casos, me solucionaría el problema de rendir cuentas con el mafioso. Por otro lado la rubia de bote se merecía un homenaje…, o dos, y yo no iba a desaprovechar semejante ocasión porque, además de corto de pasta, andaba escaso de romances y no me comía un bombón semejante desde el año de la circuncisión de san Telesforo. De manera que le lancé la mejor de mis miradas y, arrancándome por Sabina, exagerando su belleza, le dije:
—Muñeca, los que han puesto precio a tu cabeza se han quedado cortos.
Me desperté con un chichón en la molondra. La limpiadora me había atizado con la escoba. Esta mujer, además de continuas ensoñaciones, me produce demasiados dolores de cabeza. Estoy desesperado, me ha cogido manía y no hay manera de que entienda mi poética.