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jueves, 22 de diciembre de 2016

Las mejores novelas negras que he leído en 2016.

Se acaba el año y todo el mundo hace sus listas. Como soy un puto envidioso y antes de que perdáis el norte y el criterio con tanta cogorza navideña, yo también he hecho la mía con las que, a mi parecer, han sido las mejores novelas de género negro que he leído durante este año. Hay más, seguro, pero todavía no les he echado el ojo. Pendientes quedan.

Si queréis leer la reseña de todas ellas podéis hacerlo aquí o clicando en cada una.

La clasificación está hecha por orden de lectura:

Los muertos viajan deprisa, de Nieves Abarca y Vicente Garrido.

Pájaros quemados, de Juan Bas.

La maniobra de la tortuga, de Benito Olmo.

Sarna con gusto, de César Pérez Gellida.

Madrid:frontera, de David Llorente.

Cazadores en la nieve, de José Luis Muñoz.



jueves, 15 de diciembre de 2016

«Cazadores en la nieve», de José Luis Muñoz. Reseña.

«Cazadores en la nieve» es una del oeste, pero de las buenas. Sólo tenéis que cambiar el paisaje desértico por el manto nevado del valle de Arán, las montañas de Nevada por la impresionante visión del macizo de la Maladeta desde el Coth de Baretges, el pueblo polvoriento por un pequeño pueblo aranés, añadidle el saloon, que no es otro que el bar Hiru y ya tenemos el decorado. ¿Los actores? No falta ninguno, están todos: el forastero tranquilo que llega al pueblo con aire misterioso, el sherif hijo de puta que arrastra un pasado oscuro y echa las muelas porque no manda en su territorio lo que quisiera, los borrachos pendencieros del pub, el cornudo que sospecha que los lleva más grandes que un caribú y la va a liar parda en cualquier momento, la esposa infiel y el coro de vecinos que están hartos de que «la mierda blanca» les caiga encima, pero es imprescindible para el turismo de esquí.

Luego está la sensación. Esa sensación que produce la tensión progresiva de una venganza aplazada que sobrevuela los tejados de pizarra, la continua zozobra de un inminente ajuste de cuentas que planea desde el principio sobre el pueblo y su valle.

«Cazadores en la nieve» de José Luis Muñoz es una novela negra de nieve sucia, de barro y sangre, de venganza y tragedia y de duelo sin sol sobre la nieve crepuscular.

¿Que cómo escribe José Luis Muñoz? Vamos a ver, almas de cántaro: este hombre ha escrito más de cuarenta libros y tiene en la saca más de veinte premios literarios. Ha logrado todo esto sin ser muy viejuno, porque es de mi quinta, nacido en 1951, y los de esta edad no somos viejos, tan sólo maduritos experimentados. ¡Y nada de cachondeos que saco la recortada, coño, ya!

Yo creo que ya he dicho lo suficiente para convenceros de que leáis esta novela. Vosotros mismos.

Un placer, José Luis.



martes, 15 de noviembre de 2016

«Madrid: frontera», de David Llorente. Reseña.

Alucinante. «Madrid: frontera» es sencillamente una novela alucinante. Desde las primeras páginas la narración nos envuelve en una distopía, tan probable como aterradora, que te agarra por el sur del ombligo y te atenaza la garganta. El relato nos va introduciendo por las calles de un Madrid oscuro y lluvioso en donde unos siniestros antidisturbios, que sólo saben obedecer, machacan a golpe de porra a una población desahuciada y empobrecida a la que niegan hasta la basura para comer, un Madrid de calles sin nombre en donde la esperanza no es una opción.

David Llorente la ha liado parda de nuevo. Si con «Te quiero porque me das de comer», le pegó una patada a la forma clásica de narrar y se puso estupendo y experimental con la prosa, con «Madrid: frontera» ha conseguido otra relato contado de una forma muy original, pero hilado de un modo mucho más accesible para el lector que en su anterior novela.

El narrador, que lo sabe todo, conversa constantemente con el protagonista, le despeja dudas, soluciona sus conflictos más íntimos y lo dirige por el camino adecuado hasta el desenlace final.

Más arriba he hablado de distopía probable, leed esta novela y comprenderéis lo que digo, porque este «Madrid: frontera» ya está empezando a ocurrir, ese futuro espantoso lo tenemos a la vuelta de la esquina y, si no ponemos remedio, nos van a dar más palos que al pulpo, muchos más de los que ya nos están dando, que no es poco.

Hay novelas que impactan y otras, como «Madrid: frontera», que golpean sin tregua como una lluvia de plomo insistente y tenaz.

Excelente, David, y gracias por el aviso.


jueves, 3 de noviembre de 2016

El detective Carmelo (11). Yoga

El caso pintaba mal. Porque el caso es que hacía semanas que no tenía caso y el escondite donde guardo mis ahorros se estaba quedando más vacío que la cabeza de un tertuliano de por el culo te la hinco. Pero ahora, lo que más me preocupaba era que hacía meses que andaba escaso de compañía femenina. Más que escaso, nulo, cero. No me comía nada que oliera a hembra desde el año de la circuncisión de san Telesforo y andaba con la bisectriz creciéndome sin ton ni son, a deshora, sin venir a cuento y por cuenta propia. Me encontraba bastante revuelto de calenturas subterráneas. Uno tiene sus necesidades y, aunque poco, he estudiado algo al respecto. Una vez, en la consulta del urólogo, leí que no es bueno que el hombre esté solo. Lo decía el suplemento dominical de un periódico de izquierdas copiándoselo a Dios con todo descaro. Bueno, no decía exactamente eso, pero ustedes ya me entienden, no voy a sacar la pizarra para hacerles un esquema. Total, que hice lo que se hace en estos casos: tirar de agenda.

Empecé como a mi me gusta empezar las cosas, es decir, por el principio, por la «A» de mi desgastada libretilla telefónica, y el primer nombre femenino que apareció fue el de Amparo. «Menos mal que no ha sido Dolores», me dije lleno de optimismo. Me quedé un rato pensando quién sería esa tal Amparo. No es que tenga muchas mujeres en la agenda, pero hace tanto tiempo que no me relaciono con ellas que sus caras se desdibujan entre las brumas del horizonte vacío de mi memoria; ustedes me perdonarán estos retazos de retórica poética. Al fin se me hizo la luz: Amparo, la del caso del caniche extraviado. Recuerdo que tenía una verruga con tres pelos en la comisura izquierda de unos labios carnosos y prometedores. Aclaro que estoy hablando de Amparo, no del perro. También recuerdo que la moza me pagó con carne, no con la carne que que yo esperaba, sino con cuatro chuletones de Ávila.

Como ustedes podrán apreciar, la experiencia con Amparo no fue muy satisfactoria, pero yo soy hombre voluntarioso y me dije que valía la pena intentarlo de nuevo.

Marqué el número de Amparo y una voz de terciopelo me contestó al otro lado:

—¿Siiií…?

—Amparo, soy Carmelo…

—¡Carmelo! ¡Qué bueno, cómo andás, viejo!

—Que yo recuerde tú no tenías acento argentino…

—Se me pone y se me va, es algo intermitente. Son residuos de un romance con un yogui rioplatense.

Llegados a este punto, tenía que hacerle la pregunta crucial:

—¿Y qué haces? 

—Estoy abrazando a un árbol.

—¿Has tropezado y te has chocado con él?

—No seas burro. Abrazar un árbol te proporciona una inmensa relajación emocional. Te equilibra los chacras.

—De eso quería hablarte. Creo que tengo un chacra desequilibrado, está loco perdido, va a su bola.

—¿Y qué chacra es?

—No sé, uno de por ahí abajo.

—Debe ser el chacra muladhara, donde nace dormida la serpiente Kundalini.

—Mi serpiente no está dormida, te lo aseguro, está muy revoltosa y necesita la paz que sólo tú puedes darle.

—Ya sé por donde vas, guarrete, pero no te puedo ayudar con tu serpiente.

—¿Por?

—He trascendido. Desde que hago yoga busco la armonía entre mi cuerpo y mi mente, busco la paz interior y el sexo no me interesa. Necesito toda mi energía para levitar.

—¿Y lo consigues? Lo de levitar, digo.

—No, pero porque me interrumpen continuamente moscones como tú.

—Es que siempre has estado muy buenorra, Amparo.

—Lo sé, esa es mi cruz. Ahora déjame, que se me está escapando la energía del árbol.

—Vale, adiós, Amparo.

—Adiós, Carmelo. Cuídate, y practica los pranayamas, te calmarán.

—Vale…

Colgué el teléfono con una sensación agridulce. No tenía ni zorra idea de lo que eran los pranayamas y menos cómo practicarlos. El problema de mi chacra loco persistía.

Continué consultando la agenda…


jueves, 27 de octubre de 2016

«Sarna con gusto», de César Pérez Gellida. Reseña.

Eso no se hace, César, no me jodas, vaya forma de putear al inspector Ramiro Sancho. O sea que el tío vuelve al tajo después de una suspensión de seis meses por insubordinación y, en plenas fiestas patronales de la ciudad, en vez de dejarle descansar y hacer que se vaya de vinos y tapas, le pones al frente de la investigación del secuestro de una menor. Hay que tener mala leche, van y secuestran a una pija, hija de un concejal y nieta de un superempresario y no hay otro más apropiado que Ramiro Sancho para solucionar el marrón.

Eres un borde, César, porque tú ya sabes que el secuestro pinta muy mal y los secuestradores son muy chungos, más chungos que una raya de chinchetas y al pobre Ramiro le puede volver a caer la del pulpo.

Además, para acabar de joder al poli vas y le montas una trama paralela con unos sicarios esotéricos que se lo quieren cargar y a todo esto le añades un viejo amigo alcohólico que se refugia en su casa para pasar el mono, que Sancho ya no sabe adonde acudir, Cesar, joder.

Y luego estamos nosotros, César, los lectores, que también nos puteas a conciencia porque las escenas que montas son tan creíbles que o nos acongojan o nos acojonan, que acabo de empezar «Cuchillo de palo» y estoy en las mismas, en un continuo sinvivir, aunque no me queda otra que seguir leyéndote, coño.

Eso no se hace, Cesar, no me jodas.

lunes, 24 de octubre de 2016

El concepto.

Exterior día. Atardecer en la playa. Chiringuitodiscopus de diseño. (Sí, aún queda alguno abierto en estas fechas)

Me siento en la terraza y hago una seña a la moza de la barra. Al momento viene una especie de querubín asexuado de ojos azules con ricitos de oro. Tardo en darme cuenta que es varón y en comprender lo que me pregunta en un acento ignoto.

—¿Qué quioerrrres tumarrrr? 

—Una cocacola, por favor. 

—Okey. 

Se larga hacia la barra y al momento vuelve con una pepsicola. No me gusta la pepsicola, los abstemios también tenemos nuestras manías. 

—Esto no es una cocacola. 

—Nou cé. Sooy nuoevo. Tú habliarrr con chica barra. 

Me levanto con el refresco en la mano y me dirijo hacia la camarera. Ojazos imposibles, escote imposible, minifalda y maquillaje de combate. 

—Hola. He pedido una coca y me habéis servido esto —pongo la pepsi encima de la barra. 

—Es que aquí sólo trabajamos con el concepto pepsicola —recalca las dos últimas palabras sin mover una ceja y mirándose las uñas. 

En momentos así, mis amigos y conocidos dicen que soy lento de reflejos y que se me pone cara de gilipollas. En lo segundo estoy de acuerdo, en lo primero no. No soy lento. Lo que ocurre es que, en esas situaciones, analizo varias respuestas y ninguna me gusta porque no son civilizadas. Son respuestas del tipo: «¿Qué tal si coges la pepsi y el concepto pepsicola y os vais los tres a la mierda?». Os aseguro que esta es la más suave de todas las que se me han ocurrido. 

Por eso, después de tres larguísimos segundos de análisis, cojo mi pepsi y le digo a la muchacha: 

—Ah…, si es así como están las cosas, perdona, cielo, me adhiero a vuestro proyecto conceptual. 

Me siento de nuevo y, mientras bebo con dificultad el brebaje, me dedico a pensar en qué parte del chiringuito podría colocar la bomba para que no quedara ni rastro del concepto.


viernes, 7 de octubre de 2016

El detective Carmelo (10). El caso del feo.

Tenía la tarjeta de crédito más caducada que el certificado de buena conducta de un asesino en serie convicto y confeso. Mi banco no se había molestado en enviarme una nueva, para qué. Creo que no tenía mucha confianza en que mis finanzas remontaran a corto plazo. Estaba a punto de echarme a la calle reclamando pan y justicia, porque circo ya teníamos bastante, cuando la salvación llegó en forma de cliente.

Al principio, cuando el sujeto, por llamarle algo, entró en mi despacho, creí que iba disfrazado. Era una especie de gnomo deforme, rechoncho, paticorto y cabezón. Pelo ralo, nariz patatera y roja, a lo payaso, y unos ojos que miraban a Cádiz y a Barcelona respectivamente. Su mirada me inquietaba, porque no sabía si me miraba a mí o a mi consuelo (mi consuelo es el calendario de pared, obsequio de «Muebles Lorenzana», con una prójima en tanga, marcando camello, con las guías del bigote inferior sin recortar asomando por el bikini, y con más curvas que un puerto de montaña.

—Quiero que me busque novia —me espetó el fulano a modo de buenos días.

—Me pide usted un imposible —la respuesta me salió del alma.

—¿Cómo dice? —Su tono se tornó amenazante.

—Quiero decir que esto no es una agencia matrimonial.

—Lo sé, pero usted se dedica a buscar personas, ¿no?

—Ya, pero yo busco personas concretas, con nombre, apellidos y foto.

—La foto la tiene usted colgada en la pared. —Señaló el calendario mirando las patas de mi sillón—. El nombre y los apellidos me la sudan.

—¿Ha probado en las agencias matrimoniales, en internet…?

—Lo he probado todo y ni hostias. Por eso estoy aquí.

Miré por enésima vez a mi consuelo y después a mi posible cliente. El miró con un ojo al calendario y con el otro a la papelera. Me preparé para salir corriendo en cuanto cambiase de color.

—Me lo está poniendo usted muy dificil, caballero. ¿No se adaptaría usted a algo más sencillito…, alguna moza con menos aerodinámica? —Me estaba imaginado al engendro con semejante pibón y me entraban escalofríos.

—Quiero una novia de bandera, y no me conformo con menos.

—Está bien —contesté—, pero ese capricho le puede salir muy caro.

Se me estaba ocurriendo una idea y había que aprovechar tal coyuntura. Últimamente se me ocurren pocas, ando falto de creatividad.

—No importa, el dinero no es problema —contestó el aborto.

Esta frase me hizo dudar unos segundos, los suficientes para que el engendro esbozara lo que parecía una sonrisa y me espetara:

—Tampoco se pase…

—La mitad ahora y el resto a la entrega del paquete —le dije para no mojarme.

—¿La mitad de cuanto?

—¿Diez mil euros? —Me tiré a la piscina sin saber si tenía agua. Estaba sudando.

—Hecho —contestó sin dejar de sonreír.

Acto seguido, sacó un fajo de billetes y me apoquinó los cinco mil machacantes sin un mal gesto. Bueno, sin un mal gesto es un decir, porque mientras contaba los billetes me comentó:

—Esto me va a salir más barato de lo que me esperaba.

—Bueno, más los gastos, como es habitual —reaccioné rápido.

—No me sea gilipollas. Diez mil en total y a callar. Haberlo pensado antes. Además, usted no ha visto diez mil pelotes juntos en su puta vida. Coja los cinco mil y póngase a la faena, pero a la voz de ya, que se me pasa el arroz.

En aquel momento pensé dos cosas: la primera es que a semejante engendro se le había pasado el arroz justo en el momento de nacer, y la segunda es que el tipo tenía razón. Yo acababa de hacer el primo a conciencia.

Para terminar de arreglar el cuadro, ya en la puerta y antes de despedirse, el fulano, desplegando una navaja de veinte centímetros, me regaló una perla que me hizo volver a sudar:

—Una cosa, huelebraguetas, si no me gusta el paquete, como tú dices, me vas a devolver los cinco mil, uno por uno. No te los gastes, porque si lo haces me los cobraré en carne.

No me gustó que aquel tipo pasara, así, sin más, a tutearme. Tampoco me gustó la navaja, más que nada porque tenía más roña que el palo de un gallinero, pero cinco mil boniatos son muchos boniatos y tenía que poner en marcha la imaginación para contentar al que ya era mi cliente.

Lo que quería el ser deforme que acaba de salir por la puerta era a todas luces imposible. Emparejar a una tía buena con semejante troll era tan improbable como que, a la mañana siguiente, el sol saliera por el poniente. Pero tenía una idea y las ideas mueven el mundo, dicen. ¿Se acuerdan ustedes de la joven de la esquina? Sí, hombre, sí, aquella que tenía la conversación tan corta como la falda. ¿Ya? Vale, pues, sin más dilación, me encaminé hacia su esquina habitual de trabajo.

La joven de la esquina no estaba.

—Se ha ido con un cliente.

La que me respondió era una morena en uniforme de trabajo: pañuelo anudado al pecho dejando descuidadamente medias domingas al aire y los reglamentarios putishorts de combate.

—¿Sabes si tardará mucho?

—No sé. Creo que el cliente le ha pedido un prusiano.

—¿Un prusiano? ¿Y eso qué es?

—Ni idea. La Berta siempre ha sido muy moderna y avanzada, pero no creo que sea algo que dure mucho porque me ha dicho que volvía en diez minutos.

—Diez minutos dan para poco en estos asuntos…

—¡Ja! Créeme, corazón, a algunos les sobran siete.

En estas apareció la Berta y le expliqué mi proyecto y lo que quería de ella. Al enseñarle una foto de mi cliente, me pidió mil pelotes por aguantarlo una semana. Regateamos y al final acordamos quince días por mil quinientos.

Nos encaminamos hacia el encuentro con el fulano, los presenté y se gustaron de inmediato, bueno, Berta hizo el paripé bastante bien. Mientras se besaban delante de mi sin ningún recato, con la mano libre, por detrás, Berta me hizo señas de que le apoquinara mil euros más. Comprendí su demanda, no es lo mismo una fotografía que el directo con intercambio de salivas. Le deposité en la mano disimuladamente los billetes porque no me quedaba otra. Eso o vérmelas con el energúmeno.

Cuando terminó el morreo, el fulano se acercó a mí y, mientras me daba los otros cinco mil acordados, me preguntó:

—¿Tiene garantía?

—Eh…, ¡por supuesto!

—Más te vale, porque como dentro de un mes me diga que no me quiere y me deje, voy a por ti, huelebraguetas.

Cuando los vi alejarse empezó a entrarme el pánico. No lo pensé más, le pagué al casero los meses de alquiler atrasado, le dije que me iba a Argentina a probar fortuna, hice la maleta y enfilé mi viejo Honda Civic hacia Madrid. En esa ciudad es fácil esconderse y todos los gatos son pardos. Alquilé un cubil en una entreplanta del barrio de Lavapiés y me hice grabar en la puerta un rótulo que dice: «Smith & Asociados. Investigadores». Siempre quise llamarme Smith, como la mayoría de los agentes del FBI americano.

Y aquí sigo, comenzando una nueva vida, casi como un testigo protegido, esperando que no me encuentre el mostrenco.

¿Quince días? Ni dos aguanta la Berta a semejante engendro.



lunes, 26 de septiembre de 2016

Un manchego en el Cartagena Negra. Segunda parte.

Después de comer y de echarnos una siesta en la que perdimos la vergüenza y hasta el conocimiento, mi prójima y yo nos fuimos a la librería Santos Ochoa para ver al Lorenzo Silva, que presentaba su última novela «Donde los escorpiones», que va de un crimen que se comete en una base militar española en Afganistán, y Lorenzo nos contó cómo estuvo en la base real para documentarse y hasta salió del recinto en un convoy con unas medidas de seguridad que acojonaban, que digo yo que qué necesidad hay de pasar tanto miedo, que ya nos acojonan bastante todos los días nuestros gobernantes cuando nos enteramos de su cociente intelectual.

Una vez terminada la presentación, no pudimos acercarnos a Lorenzo porque una serie de efluvios procedentes de las humedades de una barrera de señoras que rodeaban al escritor nos lo impidió. Qué le vamos a hacer, la combinación escritor-señora fan es así.

Visto el panorama, volvimos rápidamente hacia el Museo del Teatro Romano y como llegamos con tiempo de sobra para la siguiente charla, nos acercamos para ver el edificio del ayuntamiento, pero un vigilante no nos dejó pasar:

—La hora de visita ya ha pasado. Hasta mañana por la mañana no se puede ver.

Mi señora, que es muy curiosa, preguntó:

—¿Hay activa alguna sección del ayuntamiento en el edificio o se conserva sólo como monumento?

—No, aquí no hay ninguna actividad, aquí solo están los políticos —contestó el de la porra.

Os juro que esa fue la contestación y que no me invento nada, coño, que todo el mundo me dice lo mismo: «¡Venga ya, Urbano, qué imaginación tienes, macho!».

Después de esta esclarecedora respuesta sobre la actividad de los ediles cartageneros, nos fuimos al auditorio del museo para escuchar la charla llamada «Psicología y sangre».

La mesa estaba formada por Claudio Cerdán, Joaquín Llorens, Lorenzo Silva, Nieves Abarca y Vicente Garrido, moderados por Antonio Parra, que, además de moderar, junto con Paco Marín, estuvo todo el día de acá para allá como un mastín ubicuo de sonrisa bonachona cuidando del último detalle.

En las primeras declaraciones de los componentes de la mesa hubo algo de titubeos. Flotaba en el ambiente un tembloroso rielar como de balbuceo de amante primerizo (esto es para que veáis que yo también puedo ponerme literario y estupendo cuando quiero, joder), pero poco a poco el ambiente se fue calentando y la cosa se animó. Todos dijeron, con matices, que había que meter psicología en las novelas y los muertos y la sangre si lo exigía el guión. 

—Hombre, tú verás —dijo, más o menos, Claudio Cerdán—, si yo escribo una novela de bandas, que además es de zombis, pues tiene que haber muertos y sangre a raudales.

Se refería a su novela «Sangre fría». Por cierto, Claudio soltó una perla que me encantó: 

—No me gusta hacer series con el mismo personaje, de hecho me gusta cambiar de registro. Mi última novela, «El club de los mejores», es negra, pero no tiene muertos y la próxima que escribiré será juvenil. ¿Por qué juvenil? Porque de momento no tengo ni puta idea (sic) de como se hace eso.

¡Anda, jódete y baila! Cómo le gustan los retos al mozo…

Joaquín Llorens dijo que la protagonista de su saga era la única que no era policía, ni detective ni criminóloga ni nada de nada y que su mayor problema era cómo hacer que esta civil de a pie se encontrara con los muertos de su relatos. Por cierto la prota de esta saga es una tía buena que se pasa por el arco de triunfo a todo lo que se menea, que yo estoy leyendo «Política criminal» y no para la moza, menudo pendón verbenero que está hecha, y hace bien, qué coño, lo que se van a comer los gusanos que lo disfruten los humanos.

Luego, Lorenzo Silva expuso que debía de haber un equilibrio entre sangre y psicología y que se debería de huir de la casquería y de la violencia gratuita sin venir a cuento. Lorenzo siempre tan discreto y comedido.

Vicente Garrido también dijo que la violencia debería de administrarse con mesura en las novelas, que a él no le gustaban los cadáveres ni la sangre, pero que por su profesión tenía que tragarse muchos horrores que serían poco creíbles al trasladarlos a una novela.

En estas que va Nieves Abarca y le interrumpe diciendo que a ella si que le gustan los muertos, y los cadáveres, y la sangre, y que, cuando están escribiendo una nueva novela, siempre le dice a Garrido: «Vicente, aquí faltan muertos, tenemos que meter más muertos». Luego empezó a despotricar contra el «abismo», que al principio no sabíamos que quería decir, pero luego aclaró que no aguantaba el personaje literario del detective o policía atormentado, que siempre estaba al borde del «abismo» (recalcaba la palabra), y miraba hacia el «abismo», y el «abismo» miraba al policía… Todo esto lo decía tapándose la cara con una mano cada vez que decía «abismo» y luego gesticulaba teatralmente con las manos, lo que provocó el descojono del auditorio que estaba lleno, a punto de reventar como el lagarto de Jaén. Me encanta esta gallega tan espontánea, rediós.

Total, que cuando terminó la charla y los parabienes del público, nos fuimos a un bareto muy chulo que se llama Mister Witt Café, y allí estuvimos tomando cañas y pinchos de tortilla y de jamón con todos los escritores, que, libres ya de las ataduras de los protocolos del certamen, se soltaron un poco el pelo y descendieron de sus olimpillos para hablar de cosas prosáicas mientran masticaban el jamón.

Fué una gozada, por ejemplo, contemplar al seriote Lorenzo Silva imitando a Charlton Heston en la escena final del Planeta de los Simios y calificando su actuación como la escena cumbre del cine cómico. Vicente Garrido no estaba de acuerdo y dijo que el Charlt no era tan mal actor, que tenía algunas interpretaciones buenas. Yo, para azuzar un poco, dije que de todos los caracartones del Hollywood de esa generación, Heston me parecía el más caracartón de todos, que sólo sabía poner dos caras: la de estreñido cuando fruncía el ceño y la de echar a la gente de su casa, como cuando lo entrevistó Michael Moore como presidente de la Asociación Nacional del Rifle.

Luego, Vicente Garrido se interesó por mi santa y por mí, y nos preguntó por nuestra vida, por nuestro pueblo y por nuestras profesiones, que yo creo que nos quería hacer un perfil para ver si éramos una pareja hetero de psicópatas bien avenida o no. Yo estaba a dos bandas y tenía a mi izquierda al Claudio Cerdán y al Carlos Salem que se había unido a la juerga y luego recitó unos poemas muy suyos, algunos de ellos bastante subidos de tono, que hacía que las señoras, bastante turbadas, restregasen el culo en la silla.

Nieves Abarca se marchó al primer sorbo de cerveza porque estaba malita. Fue una pena porque esta moza hubiese dado mucho juego en la tertulia. En fin, qué se le va a hacer, cosa de meigas, imagino.

Antonio Parra y Paco Marín, cabezas visibles de la organización del certamen, estuvieron muy atentos con nosotros y sólo nos dejaron pagar los últimos cubatas, porque eso ya era vicio.

Al final, avanzada la noche, se disolvió el grupo, nos despedimos de todos, y cansados y felices nos encaminamos al escondido Enehache para cumplir con lo acordado: una noche con todo el desenfreno salvaje y feroz que nos permitieron nuestros gastados cuerpos de jubilados en buen uso.

Menos da una piedra.

   

martes, 20 de septiembre de 2016

Un manchego en el Cartagena Negra. Primera parte.

Pues nada, que estaba yo recién jubilado y entonces va mi churri y me dice:

—Para celebrar tu jubilación te regalo una noche de hotel desenfrenada en el Cartagena Negra, que yo sé que tú quieres ver a tus escritores favoritos en carne mortal, y como premio a que, a partir de ahora, como dócil jubilata, me vas a hacer muchos recados.

Yo, como buen animal de compañía que soy, comencé a dar saltos de alegría y a salivar como los perracos del cabrón de Pavlov, no ya por la noche loca de hotel, que también, si no porque siempre soy muy agradecido con mi amita buena, pero inmediatamente contuve mi júbilo porque pensé: «Hay que ver como son las mujeres, que no dan nada gratis, que esto de hacer de recadero no es ninguna bicoca, todo el día para acá y para allá, tráeme esto, tráeme lo otro…».

Bueno, a lo que vamos: que nos montamos en nuestro viejo Toyota, enfilamos para Cartagena y por poco llegamos tarde, coño, que no encontrábamos el hotel. Y el Tomtom: «Ha llegado a su destino». Y nosostros: «¿Ánde está el hotel?». Y el Tomtom en plan cabezón: «Ha llegado a su destino». Y yo: «¡Me cago en san Pitopato Berenjeno, que no veo el enehache por ningún lado!». Y es que el jodío hotel estaba agazapado detrás de un edificio muy chulo, en una calle peatonal, más escondido que el Santo Grial, joder. Y el cabrón del Tomtom se hacía el longuis y no quería que pasáramos por la peatonal por si nos multaban y le echábamos la culpa. Si es que, además, últimamente y con la crisis, estamos muy poco viajados y parecemos más paletos de lo que somos. Bueno, mi señora no, que las chicas sois más listas y disimuláis mejor.

—Oiga, ¿y el Cartagena Negra?

—Ya voy, coño, no os impacientéis, que todo lo anterior se llama poner en situación, que no entendéis nada de escritura y yo sí desde que voy a festivales negros.

Pues eso, que llegamos al Museo del Teatro Romano por los pelos y allí vimos a la Nieves Abarca y al Vicente Garrido que presentaban su última novela «Los muertos viajan deprisa», que digo yo que vaya título porque en los entierros los coches fúnebres van muy despacio. Luego, durante la presentación, me enteré de que el título lo había sacado de un relato de Bram Stoker. En fin, cosas de escritores. Por cierto, si queréis ver mi reseña de esta novela, podéis verla aquí, en esta misma sección del blog.

La Nieves Abarca es más guapa y más alta en carne mortal que en las redes sociales, que no favorecen nada. Bueno, a lo mejor, lo de más alta, era porque se había puesto para la ocasión los zuecos de tacón de aguja, no sé. Conmigo se mostró muy amable y simpática, y me firmó en la contratapa del iPad, y nos hicimos fotos y todo. Luego, mi mujer me dijo que hiciera el favor, que no paraba de mirarle el canalillo, pero es mentira, yo no le miro esas cosas a las escritoras; bueno, a lo mejor se lo miré una o dos veces, pero porque está en mi naturaleza de machoman alfa en decadencia hacia el omega tres y no lo puedo remediar.

Nieves estuvo muy bien en la charleta porque, aunque se notaba que estaba contenida por al ambiente formal y domesticado del certamen, en cuando veía un resquicio, se desparramaba y empezaba a despotricar y a cachondearse de los escritores extranjeros, que el Vicente Garrido no paraba de justificarla y traerla a camino, que parecía un padre intentando calmar a una hija díscola y descarriada delante de las visitas. De todas formas, y esto es una opinión personal, no me hagáis mucho caso, por favor, yo creo que Nieves, de pequeña, tuvo que ser muy traviesa, de esas que parece que haya trillizas en casa. Pero, ya digo, esto son sólo cosas mías.

Vicente Garrido es un señor que, cuando no habla, parece que esté pensando en cosas muy importantes todo el rato y cuando habla, las dice, no como yo, que me paso el tiempo pensando en gilipolleces del tipo: «¿Si las ranas tuviesen pelo, la terminación de la frase "te voy a pagar los cien euros que te debo cuando las ranas tengan pelo", sería "cuando las ranas se queden calvas"?». Pero Vicente, a pesar de ser un criminólogo muy importante, no es nada engolado y tiene unos ojos profundos, como de pájaro inteligente y cuando calla pone cara de estar pensando en cómo entrar en la mente de los putos psicópatas, que no paran de dar la lata y joder el parque.

Total, que pasamos un rato muy bueno porque nos contaron cosas de su novela que no sabíamos: cómo la hicieron, como construyeron los personajes, etc. Para que nos entendamos, hablaron del «making of», como dicen los pijos enteradillos.

Cuando terminó la charreta nos acercamos a ellos y los pudimos tocar y todo, y nos hicimos fotos y lo pasamos muy bien…

En todo esto se nos pasó la mañana. En un par de días os cuento cómo pasamos la tarde y parte de la noche en el Cartagena Negra.

No os perdáis la segunda entrega.



miércoles, 31 de agosto de 2016

El detective Carmelo (9). Confesiones, aclaraciones y declaración de futuras intenciones.

Habrán observado ustedes, si es que me han seguido desde mis primeras andanzas allá por agosto del año pasado, que poco a poco he ido perdiendo inocencia y ensoñación. Tengo que darles una noticia: he madurado. Así, como suena. Sí, ya sé que a los cuarenta y cinco, que cumpliré pronto, algunos dirán: «¡Ya era hora!». Pero qué quieren que haga, cada uno madura cuando puede y le dejan.

Lo cierto es que cada vez me tomo las cosas con más distanciamiento, en parte por esa maduración y en parte por unas pastillas milagrosas que me ha recetado mi médico de cabecera y que me hacen ver el mundo de otra manera. Que tengo episodios depresivos, me dijo, porque me faltaba serotonina en la sesera. Hay que joderse, con perdón, lo que puede hacer una puta pastilla. Perdonen por este lenguaje, pero no soy yo, es la pastilla que me desinhibe y me está volviendo escéptico y descreído. Menos mal que después de cada taco pido perdón. Son los residuos de mi antiguo yo que, dicho sea de paso, me traía muchos problemas. No es que ahora no los tenga, las pastillas no dan para tanto, pero me enfrento a los contratiempos con otro talante.

Además de todo lo anterior, estas pastillas tienen un curioso efecto secundario: estoy palote casi todo el día. Como lo oyen. No es por nada, pero presiento que esta situación me va a traer algún que otro quebradero de cabeza.

Mi cuenta corriente sigue tan paupérrima como siempre, eso no hay medicamento que lo arregle, sin embargo los números rojos ya no me causan ansiedad y me sigo apañando como puedo. Mi ética se ha relajado bastante y ahora acepto encargos que antes ni se me pasaba por la cabeza admitir. Como podrán ustedes apreciar en mis próximas aventuras, es más que probable que participe en trabajos con individuos de dudosa calaña que harán que me pase por el forro mis antiguas convicciones.

Otra cosa es que mi puta mala suerte, perdón de nuevo, cambie a mejor porque repito, la pastilla no es Lourdes, aunque ese lugar últimamente no es lo que era, con tanto cura pederasta de los cojones, y aquí si que no pido perdón, ea.

En fin, que si en las próximas andanzas me encuentran ustedes más cínico, más duro, más frío y más calculador, no se extrañen, échenle la culpa a mi médico y a la puta pastilla, perdón otra vez.

Para que a algún despistado no le pille de sorpresa voy a colgar este escrito de advertencia en el Facebook.

Voy.


Unas horas después de haberlo publicado llegan las primeras reacciones:

—A.B.: Me gusta, pero poco.

—C.D.: No me gusta un pijo.

—L.M.: Me encabrona y tal.

—O.P.: Me la suda.

—Q.R.: ¡Ele!

—E.F.: Me deja estupeflauto.

—G.H.: Me acongoja y me llena de estupor.

—J.K.: Me meo toa.

—N.O.: Toy más jodío que tú.

—P.Q.: Anda que…

También hay algunos comentarios:

(Los amigos)

—R.S.: A mi qué me cuentas. ¿Sabes que eres mu tonto?

—S.T.: Por mi como si te la machacas contra el quicio de la mancebía.

—T.U.: ¿Has probao a meterla en vinagre de sidra? Mano santo. 

—U.V.: ¿Cuando hablas de distanciamiento, de cuántos kilómetros estamos hablando? Yo con mi Kadett tuneao me distancio a toda hostia, pero me quedo igual y eso.

(Las amigas)


—A.C.: ¿No te da vergüenza, madurar a esa edad?

—B.D.: Yo por cien a la hora, en una semana, hago que dejes las pastillas y que veas elefantes de colores.

—M.M.: Ponte una rebequica, que hace fresco.

—C.E.: ¿Qué te has fumao, muñeco?

—D.F.: ¿Qué es estar palote? Es que soy rubia.

—E.G.: Eres muy tierno, me pones…

—F.H.: Tu estas tonta, E.G., este tío es un malote de verdad.

—E.G.: Y tu ciega, F.H., se hace el malote, pero es un mimosín.

—F.H.: ¿Pero es limpio?

—E.G.: ¡Y yo qué sé…!

—F.H.: Pues entonces, ¿a qué coño opinas?

—E.G.: Yo opino lo que me sale del cibiricuénjano.

—F.H.: Y encima no sabes hablar, se dice zubirikuenkano.

—E.G.: ¿Eres vasca?

—F.H.: ¿Eres tonta?

—E.G.: ¡Y tú, puta!

Y así todo el rato.



martes, 26 de julio de 2016

Cosas por las que todavía merece la pena salir a la calle.

La señora de voz preciosa y pechos generosos que me acompaña durante casi cuarenta años se queja de que salgo poco de casa; que estoy depresivo y gruñón, me dice. Casi siempre le contesto que no salgo mucho porque cada vez veo mas tontos por las aceras y sí, eso me deprime más que si me quedo en mi cubil metiendo y sacando cosas de mi masculina "nothing box". Pero a las mujeres siempre hay que hacerles caso, aunque no tengan razón, porque no sé qué leches pasa que al final, y a causa de alguna triquiñuela insondable, el tiempo se la da.

Total, que esta mañana me armo de valor y salgo a dar una vuelta por el barrio. A los dos minutos de paseo me cruzo con unos adolescentes macho. Uno de ellos, con la cara llena de granos, se mete con ahínco el dedo en la nariz buscando algún tesoro muy bien escondido, el segundo grazna en una jerga ignota y el tercero le ríe vaya usted a saber qué ocurrencia. Los tres se mueven espasmódicamente, sin ningún objetivo definido, como pollos sin cabeza. «Empezamos bien», me digo. Pero el día es propicio y los dioses acuden en mi ayuda: me adelanta un grupito de chicas que, en pantalón corto, ondeando coletas y agitando mostradores, corretean y cotorrean alegremente. Por sus comentarios deduzco que están entrenando para la media maratón de turno, y cuando pasan al lado de un edificio en construcción, desde el sexto piso de la estructura, un albañil les vocifera cual homo erectus depilado: «¡Ay las marichochos, ay los chochos, vamos que nos vamos con los chochetes frescos!».

Hagamos un inciso: las mozas están mollares, sí, pero para apreciar estas características y que provoquen en el machote semejante rebuzno, hay que estar a pie de obra como yo. La perspectiva que tiene el gañán desde semejante altura es nula. A éste le da igual lo que pase por debajo; con tal de que tenga chocho le vale.

Pero sigamos con la historia, que me lío. Comienzo a archivar la escena para contarle a mi prójima por qué no quiero salir más a menudo a socializarme, cuando veo que, después del eructo del homínido, una de las corredoras se para en seco, se vuelve, mira hacia arriba con los brazos en jarras y acto seguido comienza a chocar el bíceps derecho contra la palma de la mano izquierda. Después de varios cortes de mangas le suelta:

—¡Baja aquí, con este chocho, si tienes cojones, tontolculo! ¡Anda, baja, que te vas a enterar; que te voy a dejar la cara que no te va a conocer ni tu madre, gilipollas!

La muchacha se queda un rato a la expectativa, las demás están mas adelante riéndose, suenan también risas en las alturas y voces de «¡baja, anda, baja!». Espero tranquilamente a la sombra. Me gustaría que bajara el albañil porque acabo de reconocer a la corredora. Coincidió conmigo en el gimnasio, cuando hacíamos taekwondo. Entonces apenas tenía quince años y ya apuntaba maneras. A pesar de no ser muy alta te plantaba el pie en los morros en cuanto te descuidabas. Yo lo dejé hace mucho tiempo, pero me consta que ella siguió. Estoy deseando que baje ese capullo, pero no baja, qué pena… 

En fin, después de unos minutos, las corredoras continúan su camino y yo me vuelvo muy contento a mi cubil. No quiero ver más, me sobra con esta escena para alegrarme la mañana. Después de lo que acabo de ver, el día sólo puede ir a peor.



martes, 12 de julio de 2016

En un hospital de la Mancha…

En un hospital de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que tuve que pasar unas horas por el ingreso de un familiar. Es la rehostia, tú, no falla, siempre que voy a ese hospital me encuentro con algún espécimen, del género homo manchegus, que ya creía extinto o relegado al rincón cavernícola de algún museo etnográfico. Vamos, que la teoría evolutiva del equilibrio puntuado pasa de estos fulanos como de la peste.

Vamos a situarnos: pasillo del hospital. Por él deambulan familiares y lazarillos con algún enfermo que, cual zombi vacilante, va volviendo poco a poco a la vida vistiendo un pijama digno de cualquier campo de concentración que se os ocurra y arrastrando una percha rodante de la que pende un gotero conteniendo algún líquido vital. Una limpiadora empuja un carro de limpieza, que más parece un carro de combate, y me echa de la habitación bajo amenaza de arrearme con el mocho. A mi paseo por el pasillo, se une el acompañante del enfermo compañero de mi pariente. Frente huidiza, arcos supraorbitales pronunciados, labio inferior adelantado, brazos enormes, manos como mazas, bermudas azules y sandalias con suela tipo tocho. ¿Tenéis la foto? Vale. El fulano se me encara, me mira con sus bellos ojos mitad porcinos, mitad ovejunos y me suelta:

—Pos lo que yo ti iga que stos qvullos no si quien armojar y aluego van pa la suya tooosquemeneciendo te aece o stasmitíos por tolajo godarlmochoeloshuevos stas tan toas biás ¿uqué? No, si yo no igo queno blangan po to lo alto y así. Poque no mingas tú que pol na mierdaseca de na tas puesto tú así, ¿o no?.

Se para, me agarra del hombro con una de sus manazas, me gira y se me queda mirando. En sus ojos veo una demanda de respuesta y tiemblo. No tengo ni puta idea de lo que me ha dicho.

Creo que he contado en alguna ocasión que nací y me crié en una aldea y por tanto domino varios dialectos del manchego profundo, pero esta variante no la he escuchado jamás. Deduzco, por la entonación, que debe ser una evolución bastarda del tomellosero occidental y esa zona me pilla un poco lejos. Trago saliva y, jugándomela, tiro de comodín:

—¡No jodas…!

—Psí, poque ta rabisculeao pol morfo truco tontalpijo. ¡Mangatorda profo lascortao tooo ienmebuscamencuentra, gondiósss! ¡Ma caaaa…!

La cosa no pinta bien. El tipo está cada vez más alterado. Me vuelvo a tirar a la piscina, no me queda otra:

—Bah, no hagas caso…

—Siesque no e pue il pol juer el sembrao, gontooloquesemenea y tie rabo. ¿Tú stas locurto algüeno torpónacon a tontalculo?

Aquí si que me la juego porque, si he acertado dos respuestas, será difícil que acierte una tercera. Es como si me tocase la lotería sin jugar. 

—¡Pues claro, hombre!

Estoy acojonado porque se me queda mirando fijamente y su cara tiene menos expresividad que la pared verdigris que tengo enfrente. De pronto su boca se abre en una sonrisa tan ancha como Castilla-La Mancha, extiende su manaza y me dice, es un decir:

—¡Stas uelo migacho tú, chóclala!

Le estrecho la mano y mis dedos crujen como si los hubiese metido en una trituradora. Aguanto como puedo la tenaza y acto seguido, con la otra zarpa, me sacude dos palmetazos en la espalda que me joden el deltoides para un mes y pico. Murmuro una excusa coherente:

—Lo siento, te dejo, que tengo que renovar el tique de la zona azul.

—¡Guala, guala, veste! ¡Ma caaa…!

Cuando me alejo a toda prisa del fulano, se cruza una rubia de pelo de panocha que, embutida en unos pantalones cortos imposibles, va marcando gajos y con el volumen del móvil a toda pastilla taladra el ambiente con una versión remix de la salchipapa.

¡Ma caaa…!

José Mota se queda corto.



martes, 5 de julio de 2016

El detective Carmelo (8). El caso de la granjera y su vaca.

ADVERTENCIA: las escenas que se van relatar a continuación pueden evocar imágenes de contenido explícito y turbador para adultos poco formados tales como intelectuales ególatras y damas de breva hipersensible. El humor rural es basto, aldeano y primitivo, pero es lo que da el agro. El estilo literario también puede herir la sensibilidad de algún sesudo académico.


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No me gusta aceptar encargos de las compañías de seguros. Si las engañan, que se jodan, con perdón de la audiencia infantil. Por mi como si les pican las pólizas una bandada de buitres leonardos. Pero mi cuenta corriente arrojaba un saldo positivo de dos telarañas de euro y en el cajón de mi mesa descansaban los avisos de corte de la luz y del gas, para variar. Por lo tanto, me pasé mi insobornable ética por el forro y acepté el trabajo a regañadientes.

La misión tenía su miga: en una aldea de la sierra de Alcaraz, una granjera había denunciado el robo del cableado de cobre del sistema de alimentación del tornajo automático de su vaca más preciada. La compañía de seguros sospechaba que la granjera era cómplice de los ladrones y mi misión consistía en averiguar qué había de cierto en esas sospechas. Antes de llegar a la granja elaboré una sutil estrategia: me haría pasar por un comisionista llevando una grabadora escondida en la bragueta y un micro inalámbrico en forma de mosca cojonera posada sobre mi pajarita. De este modo sonsacaría a la granjera para que confesase su chanchullo.

Una vez en la instalación ganadera, con mi habitual suspicacia, constaté un hecho que me inquietó: la granjera era descomunal. Calzaba unas katiuskas del cuarenta y siete que daba miedo verlas. Así, a bote pronto, calculé que en cada bota podrían caber perfectamente dos arrobas de vino joven o dos y media del viejo, por aquello del merme.

Después de reponerme de la impresión y hechas las presentaciones puse en marcha la grabadora mientras nos acercábamos al habitáculo de la vaca.

—¿Tiene nombre? —pregunté.

—Ya te he dicho que me llamo Fulgencia.

—Me refiero a la vaca.

—Pasionaria, se llama Pasionaria.

—¿Comunista? La vaca, digo.

—¡No, qué va, ahora verás…!

Al entrar al comedero, la vaca soltó un mugido espeluznante y nos dio el culo. Casi me da un infarto al contemplar los cuartos traseros del animal: tenía toda la zona al sur del rabo mas colorada que un canasto de cerezas y su vulva se asemejaba el ojo de Saurón.

—¿Ves ahora la razón del nombre Pasionaria?

—Ya veo, ya…

—Tiene furor puterino, la pobre —me dijo la dueña.

—¿No tiene toro que la alivie? —pregunté fingiendo interés e ignorando el horrible palabro.

—En esta época no. Estamos en temporada de ordeño y la coyunda las malicia y las envicia.

—Ya —contesté con gran elocuencia.

—No para de restregarse el asunto contra la barra del pasillo de ordeño y se le ha puesto así.

La monstruosa aldeana mostraba indicios de tenerme querencia y se me estaba arrimando cada vez más. Para evitar roces peligrosos y malos entendidos guardé distancia y le expuse el motivo de mi visita.

—Sé que te dedicas a la venta de cobre y yo te lo puedo colocar en el mercado a muy buen precio, a cambio de una pequeña comisión del, digamos…, ¿veinte por ciento?

—Hecho —contestó la prójima—, pero primero tendrás que pasar por taquilla y colocarme otra cosa que no es el cobre.

Dicho esto se arremangó las sayas de trabajo y me mostró un espectáculo tan aterrador que todavía me dan escalofríos cuando me acuerdo.

Salí corriendo hacia mi coche como alma que lleva el diablo. Lo malo fue que durante la carrera perdí la grabadora y no pude presentar ninguna prueba ante la compañía de seguros. No creyeron en mi palabra y no me pagaron, claro está. Por eso me he jurado que no vuelvo a trabajar nunca más para semejantes chorizos.

NOTA ADICIONAL DEL AUTOR: a pesar de lo que parezca en esta narración, la vaca no fue maltratada psicológicamente. Al final de la escena del «furor puterino», y ya fuera de narración, entró en acción el toro y la alivió, que no quiero líos con el PACMA.






jueves, 30 de junio de 2016

«La maniobra de la tortuga», de Benito Olmo. Reseña

Manuel Bianquetti, además de inspector de policía, está hecho un tiaco. Sus dos metros de altura y su corpulencia le hacen parecer un carro de combate haciendo el caballito y a punto de desplomarse sobre lo que tenga delante. Además de eso, es feo de cojones, más basto que un collar de melones y para terminar de pintar el cuadro, está desterrado en Cádiz por un suceso personal oscuro, y relegado como chupatintas a trabajos administrativos.
El tipo va a su puta bola, sin que nadie le controle, de aburrimiento en aburrimiento y de bostezo en bostezo, en una ciudad donde casi nunca pasa nada. Sin embargo Cái no es sólo la tacita de plata, pisha, Cái es musho Cái y hay tíos más chungos que un chute de calimocho recalentado. Un mal día se cargan a una moza y los compañeros de Bianquetti le intentan cargar la muerta al novio, pero nuestro inspector se cosca de que el muchacho no ha podido ser y decide investigar por su cuenta. Su jefe, el comisario, le advierte y le amenaza repetidamente para que se aleje del caso, pero Bianquetti, además de tocahuevos, es más cabezón que una mula torda, y el tío va y dice que nanai, que se la suda, que os pueden ir dando por donde amargan los pepinos, que él va a hacer lo que tiene que hacer, que no es otra cosa que lo que le dicta su instinto y su conciencia.
Benito Olmo me tiene mosqueado porque no llega a los cuarenta tacos y parece que tenga doscientos en lo que se refiere a juntar palabras. Este mozo se monta una trama clásica perfecta, que se resuelve de una forma redonda y con una prosa y un ritmo narrativo impecables. Benito se marca con «La maniobra de la tortuga» un novelón negro, muy negro, digno del mismísimo tío Chandler.
Yo soy un mindundi y lo que os diga puede que no valga un carajo, pero si no os fiáis de mi, fijaos en lo que ha dicho de la novela César Pérez Gellida, que además prologa la narración, en una reciente entrevista: cuando la entrevistadora le pide que le recomiende un libro, César contesta sin dudarlo: «"La maniobra de la tortuga", de Benito Olmo. Es perfecta». ¿Os suena este tal Pérez Gellida? Pues eso. Vosotros mismos.

Un placer, Benito.


martes, 14 de junio de 2016

«Pájaros quemados», de Juan Bas. Reseña.

Imaginaos el escenario: agosto, un sol del carajo cae sobre la estepa burgalesa y en ella, en medio de la nada, un tabernucho cutre, con habitaciones y gasolinera. El antro lo regenta un borrachín que tiene a gala hacer un suculento pollo frito con un aceite tan recalentado que serviría para parchear la carretera que lleva al establecimiento. Preside la estancia un loro que padece de mutismo selectivo, es decir, habla cuando y con quien le sale de los espolones y la gasolinera la atiende un chaval con menos luces que el candil apagado de un aldeano roñoso.
Y ahora imaginad que hacia este exquisito templo hostelero se dirigen, cada uno por su lado, dos delincuentes de Bilbao, un cura asturiano pederasta, una puta con deudas de juego, una expresidenta corrupta de Castilla-La Mancha, una familia que vuelve de un accidentado fin de semana en Benidorm, un patriarca gitano que quiere vengar la muerte de su hijo, un moro con familia numerosa que va de viaje hacia Marruecos y una directora de una sucursal bancaria de Albacete.
Y si además tenemos en cuenta que a buena parte de estos sujetos les falta el último martillazo en el proceso de montaje de su fabricación, pues ya podéis imaginar la juerga que se lía en el garito y aledaños. Menudo pifostio, tú.
«Pájaros quemados» está hilvanada en capítulos muy cortos, tiene el ritmo de una buena película de carretera y es, a mi entender, la más negra de todas las de Juan Bas. El relato desprende grandes raciones de realismo esperpéntico con toques tarantinianos de humor negro y gamberro. Una delicia.
No sé por qué no estáis leyéndola ya. Os aseguro que pasaréis un buen rato…, o varios.
Gracias, Juan, por estos momentos.


martes, 31 de mayo de 2016

«Los muertos viajan deprisa», de Nieves Abarca y Vicente Garrido. Reseña.

Vamos a ver cómo os la cuento sin destriparla: hay un grupo de pavos de esos que se dedican a escribir novelas negras, o sea, de esas en las que hay fulanos muy chungos que matan a otros y luego van los polis y los trincan. Los tipos viajan, muy contentos ellos, junto a sus grandes egos y otras gentes de mal vivir, en un tren que le llaman Tren Negro y que se dirige a la Semana Negra de Gijón. A los escritores les acompañan editores, libreros, críticos de relumbrón, plumillas y blogueras. Toda una cohorte de trabajadores de la pluma y la opinión que se lo pasan pipa en estos saraos negros mientras se promocionan y trepan. Y entonces, en el tren, sucede un crimen atroz: se cargan a una joven escritora que prometía mucho, pero que ahora ya no puede prometer nada porque está más muerta que el toro que mató a Manolete.
Aviso: las primeras páginas del relato no son aptas para espíritus delicados, damas con el bizcochito en remojo ni tampoco para débiles de estomago.
Hecha esta advertencia, continúo: resulta que, más tarde, en otra semana negra, se cepillan a otro escritor famosillo, y lo matan de una forma salvaje con un artilugio de tortura que te pone los pelos de punta. Y en medio de todo este follón, un violador de niñas se escapa de la cárcel y decide unirse a la juerga para aportar más tensión al ambiente.
Para poner orden en todo este tinglado está la inspectora Valentina Negro, que tiene un carácter muy suyo y además es un pivón que está como un camión de cuatro ejes. En la investigación le acompaña su novio, el criminólogo Javier Sanjuán, que realiza unos perfiles criminológicos que ya quisieran los de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI.
Los muertos viajan deprisa es un homenaje al universo de la novela negra aderezado con toques de guasa e ironía. La novela es ágil, está muy bien escrita, se desarrolla dentro de una estructura minuciosa y acojona mucho, porque es negra, muy negra; más negra que la conciencia de algún concejal de urbanismo y tiene intriga de la buena.
No sé que más queréis, ya estáis tardando en leerla.

Nieves, Vicente: gracias por darle a la pluma. Ha sido un placer.



viernes, 13 de mayo de 2016

El detective Carmelo (7). El caso del caniche de Amparo.

El caso no era un gran caso. Que te encarguen encontrar un caniche extraviado no es como para celebrarlo con champán francés y caviar iraní, pero últimamente mi economía no está como para hacerle ascos a nada y la clienta rubia que tenía delante tampoco era como para andarse con remilgos: ojos verdes, cara de colegiala angelical y más curvas que un capazo de donuts. De un vistazo calibré que la muchacha podía hacer juego con el edredón de mi catre, y ella no pareció incomodarse con mi inspección ocular. Amparo, me dijo que se llamaba.
—Son cien euros para los primeros gastos —le dije.
—Luego ya si eso hablamos, tío —me contestó exhibiendo una gramática más bien clásica y un mohín prometedor.
No me gustan los caniches, su estética remilgada me da grima. Parecen  setos blancos recién podados por un jardinero creativo, pero en fin, hice de tripas corazón y me puse a la faena pensando en la pasta y en la rubia.
Amparo me contó que el chucho había desaparecido justo cuando cortó con su último novio, que era plantador de ajos, cocainómano, oriundo de Las Pedroñeras y que vivía no muy lejos de allí. El caso estaba claro y lo resolví rápido: me dirigí a la guarida del fulano, llamé y en cuanto abrió la puerta, sin dejarle tiempo a reaccionar, le espeté:
—Amigo, tienes algo que camina a cuatro patas y que no te pertenece. He venido a llevarm…
No me dejó seguir, me atizó un sopapo en los morros que me dejó medio grogui y en el suelo. A todo esto, el caniche apareció al olor de la bulla y se sumó al jolgorio. El chucho andaba también falto de cariño porque se agarró a mi pierna y comenzó a trajinársela como si fuese una hembra de su raza recién tuneada por el veterinario. Al intentar apartarlo para interrumpirle la coyunda, el bicho se enfadó y me mordió en el tobillo. Mientras tanto el exnovio de mi clienta se descojonaba de la patética escena, si se me permite la ordinariez. Era de esos tipos que cuando se ríen echan la cabeza hacia atrás y cierran los ojos. Deduje que, además de en Las Pedroñeras, debía tener ancestros catalanes porque se reía con la hache y no con la jota, como nos solemos reír en la mayoría del estado, tal que así:
—¡Ha, ha, ha, ha…!
Aproveché los puntos suspensivos para salir corriendo de allí. Pero el caniche no soltaba la presa y tuve que arrastrarlo por toda la calle, durante cuatro manzanas, hasta conducirlo ante su dueña. He de añadir que durante el trayecto una moza animalista me arreó un bofetón y acarició al chucho, vaya usted a saber como interpretó la escena. En esos instantes de confusión y zozobra recuerdo que me pregunté: «¿Si la prójima hubiese sido humanista, me habría dado un beso a mi y una patada al perro…?». Son cosas que se me ocurren así, a bote pronto, no hagan ustedes mucho caso.
—Misión cumplida —le dije a Amparo—. Son doscientos euros.
—Estooo…, ¿te puedo pagar con carne?
—Por supuesto —se me abrieron los cielos—, pero primero, y antes de entrar en faena, quítame el chucho del tobillo.
Lo de cobrar en carne me venía como al pelo porque, como me suele pasar últimamente, tenía el sur del ombligo algo rebelde y se me alborotaba frecuentemente sin ni siquiera pedirme permiso.
Se fue para la cocina ofreciéndome el espectáculo de un contoneo indecente pero adecuado a las circunstancias y al poco apareció con un plato de gránulos y un paquete envuelto en papel parafinado. En cuanto olió el pienso, el perro me soltó y su dueña me entregó el paquete.
—Son cuatro chuletones de Ávila. Es una carne de primera, mi nuevo novio es carnicero —me dijo.
—Yo estaba pensando en otro tipo de carne.
—También los tengo de buey gallego…
—No, déjalo. Ya me apaño con estos.

No soy hombre que se rinda fácilmente y, mientras regresaba a mi cubil mohíno y cabizbajo, pensé que si le regalaba un chuletón a la limpiadora…, quién sabe…, quizá…. Pero esa es otra historia.

martes, 1 de marzo de 2016

El detective Carmelo (6). La rubia de Albacete.

La atmósfera del garito estaba alcanzando el punto de ebullición. La ventilación de aquel antro había funcionado por última vez el año de la circuncisión de san Telesforo y el ambiente no era precisamente de cinco estrellas: una barra, cuatro mesas y veinte garrulos medio beodos dando saltos en una pista de baile del tamaño de un sello de correos no son para tirar cohetes. Era un tugurio con menos luz que un candil de postguerra y un ruido atronador, que recordaba vagamente a una música pedorrera, me maltrataba las orejas con poca o nula misericordia. Estoy acostumbrado a moverme por entornos más selectos, pero las copas eran baratas y yo andaba corto de efectivo, no sé si me comprenden. Me acabé el segundo pelotazo y al dejar el vaso, la rubia se me hizo visible por el otro extremo de la barra. 
Puede que fuera el rielar del ambiente o que lo imaginé, pero creí ver que me guiñaba un ojo. Yo con poco voy y los que me conocen bien saben que cuando me pongo burro me da por la poética, así es que me acerqué a ella y le dije: 
—Muñeca, estaba escrito en las estrellas. Por fin nos hemos encontrado. Es evidente que estamos hechos el uno para el otro. Y para culminar esta feliz coincidencia, tengo que darte lo que me sobra para que tú lo encajes por donde te falta. 
—¡Veste a la mierda, tontolpijo, a mi no me farta de na! 
Tuvimos que dejarlo, no pudo ser. Por el acento y la sintaxis adiviné que la rubia era de Albacete y yo no puedo tener tratos con gente de esa zona. Hace años que me buscan por aquellas tierras debido a un asunto bastante turbio. Estuve investigando un caso de robo de lonas de vendimia para remolques de alta gama. Por un error judicial los chorizos se fueron de rositas y desde entonces, a lo largo y ancho de la llanura manchega, hay carteles poniendo precio a mi cabeza.



martes, 16 de febrero de 2016

«Serenata de plomo», de Martín Holmes. Reseña.

Chicago, años veinte, el güisqui escasea y el doctor Clarence Hemingway encarga al detective Ace Bullet que busque y traiga de vuelta a casa a su hijo Ernest Hemingway. Así comienza este divertido disparate en el que se suceden peleas, tiroteos, aventuras delirantes y en el que se entremezclan Johnny Torrio, Al Capone, Dion O'Banion, unos chinos, un puñado de furcias, un cura, la policía y hasta una familia de palurdos de Nitroglycerine Creek.
Por escenarios como el de la Taberna de los Doce Picheles, «un lugar en el que te podías ahorcar sin que echases a perder la tarde a la concurrencia», transitan personajes reales, como Al Capone o Dion O'Banion, junto a un puñado de secundarios de ficción con nombres tan peculiares como Johnny Buenos Días o Kathy la Desdentada, entre otros sujetos de dudoso origen.
Con estos mimbres ya os podéis imaginar cómo se teje el cesto de esta descacharrante novela protagonizada por Ace, el detective buscabullas, borrachín y provocón, que cuenta chistes mientras recibe paliza tras paliza por parte de casi todo el mundo: Johnny Buenos Días, los chinos de la señora Wong o hasta de la mismísima policía, al frente de la cual esta el jefe Nimbus que «se las da de importante, pero es incapaz de encontrar una botella en un mueble bar».
Tiene Martín Olmos una prosa directa, fluida, y diríase, si no fuera porque uno sabe lo difícil que es este arte, que escribe con la punta de la chorra y que las palabras surgen de su pluma con la facilidad del que mea. Quién sabe, a lo mejor tiene el don de juntar las letras de forma natural y espontánea mientras canta boleros y se zurce un calcetín. Yo no lo voy a investigar, es su secreto y a él le pertenece el revelarlo si le apetece, pero sólo sé que me encanta esta novela y que me gusta como escribe este hombre, Premio Euskadi de Literatura en castellano 2015 para más señas.
Si queréis disfrutar «como un lechón en una charca», leed Serenata de plomo, de Martín Olmos. Es gratis, está publicada en su perfil de Facebook y en la revista ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS
Gracias por estos raticos, Martín.